Hoy 26 de abril es el día de la tierra. Los telediarios y periódicos sacan noticias sobre lo mal que está la cosa y la labor que desarrollan los grupos ecologistas. Y para mí, que soy una pesadísima recicladora híper concienciada, todos los días, qué quieres que te diga, son para mí, el día de la tierra. Porque me lo tomo muy en serio, así de serio:

Voy en bicicleta al trabajo (véase foto de la bicicleta más bonita del mundo :)

Reciclo papel, vídrio, orgánico, envases y medicinas. (acumulo toneladas de papel a la semana).

Guardo las bolsas de plástico del Corte Inglés o el Lidl y me acuerdo de cogerlas cuando bajo al súper.

Soy especialmente tacaña con el agua. Incluso cuando me ducho por las mañanas, aprovecho el agua fría que sale de la ducha hasta la temperatura que me gusta, y utilizo ese agua límpia para fregar o regar las plantas.

Y todo esto es súper sencillo de hacer y supone una sonrisita para el planeta. No nos gusta la gente que no recicla.

En mi barrio es difícil hermanarse con la naturaleza, vivo en el centro; lo más parecido a un espacio verde, es este falso campo de golf, de hierba sintética y verjas altas como grúas. Allí nos toca a los vecinos de Canal ir a correr, a pasear a la abuela, al perro, al niño menor de 6 años que va en bici, a jugar al golf, y a discurrir por unos feísimos caminos de asfalto concéntricos.

 

 

 Con ustedes, el campo de golf de Chamberí. En el barrio no hay piscinas cubiertas, yo lo preferiría.

Por otra parte, se muy bien qué libro leería hoy, algo que me lleve a lo opuesto a la ciudad: necesito releer “El camino” de Miguel Delibes, y viajar con su lectura a otros mundos, no por menos contaminados, menos intensos.