He pasado el comienzo de semana acompañando en una generosa y apretada agenda de entrevistas, a Jacqueline Pascarl, autora de “Desde que fui princesa” (Booket). En dos días ha hecho 17 entrevistas, una auténtica profesional, sin perder la sonrisa ni un minuto. Su historia es difícil: se casó con un príncipe de Malasia quien, al separarse, la humilló como pudo, prohibió su entrada en el país y que viera a sus hijos. Consiguió reunirse con ellos tras duros 16 años, durante los que se implicó en la lucha internacional contra el secuestro infantil, asesorando a familias y sin desfallecer en su propia batalla. Hoy vive en Melbourne, escribe y produce documentales. Y es encantadora. 

Durante dos jornadas conformamos una compacta terna profesional la autora, la traductora y servidora. La traductora era ella, LA traductora. O todas tienen la misma voz, o ésta es la que se lo come todo, porque era una voz inconfundible, de hecho casi todos los periodistas la conocían. La típica voz de traductora simultánea, grave, que arrastran las sílabas para darse tiempo y pensar, y después decir muy rápido un par de frases, no se si me explico. Como habla el que dobla  a Woody Allen en español. Total, que ella hoy estaba sensiblemente nerviosa, hablando por el móvil constántemente y roja del enfado, como un tomate. En el taxi de camino a la última entrevista, Jacqueline le ha preguntado educadmente: “is everything ok?”, y la otra ha espetado un NO que casi hace estallar las ventanillas. Luego ha dicho que si, bueno que no, pero que tampoco era nada serio. Estaba enfadada por cómo la gente hacía las cosas de mal. Que era una sensación de frustración como la de cuando estás viendo una película en el cine, y la protagonista va a hacer una gran gilipollez y lo ves venir, y nerviosa piensas “no, no lo hagas tonta, no,” que evidentemente, no sirve de nada, porque lo va a hacer igual. Pues eso, pero en la vida real. Y como comparación me parece muy descriptiva.

Vaya rollo he echado today :/