La jornada intensiva es una bendición de dos meses al año. No sólo da tiempo para leer hasta que los párpados se relajan y caen en busca de una siesta de antología, también aprovecho la luz para hacer ganchillo y hasta collares. Con ustedes, mi primera labor (acabada) a ganchillo, lista para regalársela a M.

Bueno, por algo se empieza, ¿no?

Ayer por la tarde envié por correo un regalo a mi prima V. Soy la lectora voraz que soy, en parte gracias a los largos veranos que pasábamos juntas. De pequeñas ambas leíamos muchísimo, durante horas, veranos enteros, libros y libros, estoy segura de que el hábito se fraguó en esas infinitas noches leyendo en silencio. Ahora nuestros veranos apenas son unos días juntas y me consta que ella ya no devora libros con tanto apetito. Uno de sus favoritos era “El diario de Ana Frank”, por eso para despertar sus ganas le he enviado uno que espero le guste, “Yo soy Ana, dijo, Ana Frank”, de Jacqueline van Maarsen (Marenostrum). La autora fue amiga de la adolescencia de Ana Frank, destinataria de muchas de las cartas del libro. Ella se pudo salvar porque su madre era cristiana y huyó a Francia. Allí trabajó como encuadernadora y mantuvo una estrecha amistad con Otto Frank, ella era el único recuerdo vivo que a ese hombre le quedaba de su hija Ana y la vida anterior. Hace un par de años se animó a escribir esta autobiografía histórica: sus recuerdos anteriores a la guerra en una familia acomodada, el desplome al negro pozo bajo la bota nazi, y su amistad con Ana Frank, quien según ella, era bastante mandona. Tuve la suerte de acompañarle a ella y a su marido durante la promoción del libro en España, es una mujer generosa y vital con un pasado que asusta sólo de pensarlo.

Portadita por aquí…