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Durante el verano aproveché para hacer a ganchillo una manta afgana, de estas que son hexágonos de colores. Como sólo hacía unas semanas que había aprendido a tejer, no me metí en camisas de once varas sino que me incliné por un cuadro sencillo, y el resultado fue bastante apañado.

Manta afgana de colores

Detalle manta

Cooooomo veíííía que no me aburríííía, fui al Gato negro a por más laaaa-a-nas

Más lanas

Mi vida se ha llenado de algodón. De hilos, lanas, telas, de ganchillos de acero y también de aluminio (¡pasan los controles de los aeropuertos!), de agujas gruesas de ojos enormes. De patrones en idiomas que no hablo y con diagramas que descifro con cara de estar entendiendo la teoría de las supercuerdas. Hay revistas, fotocopias, fichas de coleccionables Estoy muy cómoda, porque menos por lo de los patrones, mi casa familiar siempre ha sido un poco así, con mi madre farfullando con la boca llena de alfileres.

Estoy segura que esta nueva afición ha sido la que ha despertado mi interés por el libro de Maeva, “El club de los viernes”, una novela para mujeres de manual, escrita por Kate Jacobs y que es muy entretenida. Narra la historia de Georgia, una mujer soltera con una hija de 13 años que regenta una tienda de lanas en Nueva York, donde se reúnen mujeres muy dispares los viernes a tejer. A la protagonista y su hija les abandonó James, cuya vuelta a la ciudad con ganas de recuperar a la familia es el detonante de la chicha de la historia. Con la excusa del club de los viernes, cuenta la historia de otras mujeres y sus luchas, preocupaciones y tal y cual.

Es bonito porque el escenario es la tienda de lanas y las referencias a lo hermoso del acto de tejer son constantes, tal vez sea eso lo que me ha enganchado, la verdad es que el libro se deja leer y si además te gusta tejer, te hace sentir muy orgullosa de ser capaz de convertir una materia casi en bruto en algo hermoso, por sencillos que sean los puntos que una sepa.

El club de los viernes

Y hablando de punto, mira tú por dónde qué momento para colar una fotico de Japón. En Tokyo hay un barrio muy moderno muy moderno que se llama Harajuku, por donde pasean los más modernos que no es poco decir. Allí es donde están Chanel, Marc Jacobs, Dior, y por supuesto Zara y Mango. Pero al contrario que en Madrid, donde ese tipo de tiendas están en calles rancias que te mueres, allí se mezclan con pequeñas peluquerías, boutiques, locales de ensayo, cafés donde por la noche puedes oir…¡flamenco!

Y fue en una de esas tiendas donde O me regaló una preciosa chaqueta blanca de punto con corazones y ciervos y borreguito en la capucha, como la que lleva la que está a mi izquierda. Para los que no me conozcan, no os confundáis, yo soy la de gafas.

Tienda Harajuku

Si no hablamos antes, ¡feliz finde!

Pues como íbamos diciendo, me casé hace un par de meses. Fue una tarde muy feliz en la que todo me parecía bellísimo…

Salida de San Juan

Días después y tras 21 horas de viaje, nos plantamos en Tokyo, en el barrio Shinyuku, donde hasta lo mínimo era inabarcable. Para que os hagáis una idea de la escala, esa parada de metro tiene 90 salidas. Diariamente pasan por ahí 3 millones de personas. En una estación por la que pasa el tren y dos líneas de metro, una privada y otra pública. Desplazarse en metro por Tokyo es una locura, además no hay tanta gente que hable inglés, y por otra parte, la proverbial buena educación japonesa es real, pero una hora punta es una hora punta y van todos corriendo. Sin embargo no dejas de ir a un sitio porque no entiendes el plano por dos razones:

1. Estás en Japón.  La firme voluntad de llegar donde quieres vence con holgura a las barreras idiomáticas. Se tardará más en llegar, o irás por el camino largo, pero llegas a los sitios, y lo que veas por el camino será seguro alucinante.

y 2. El japonés se pronuncia como se lee, como el español, y además tiene las cinco vocales, así que si lees la palabra Shibuya, no te complicas pronunciando. Eso ayuda bastante a la hora de preguntar. Y llegas a ¡Shibuya!

Cerca de Shibuya olvidaré tu amor

Para nuestra sorpresa, todo era bastante más barato de lo que habíamos imaginado. Más o menos 1000 yenes son 1000 pesetas (6€), redondeando bastante, pues se puede comer un hermoso tazón de sopa udón con su carne, sus langostinos en tempura, sus verduritas por 600 yenes. Además la bebida está incluída: jarra de agua y te verde, si pides cerveza la cuenta se dobla. Los restaurantes tienen la bonita costumbre de exponer en escaparates réplicas de plástico exactas de los platos que sirven dentro, y eso hace muy sencillo acertar con lo que vas a pedir. En realidad está todo delicioso.

Escaparate comida japonesa

Las tiendas de electrónica, las lolitas góticas, las mujeres vestidas de gheisa, los edificios con pantallas de plasma por fachada, los hermosos jardines de piedra, las carpas naranja…para los ojos de un turista occidental en Japón todo es tal cual lo había imaginado, pero ampliado como una hipérbole de cada tópico.

Las posibilidades de consumir son infinitas, todo entra por los ojos por su diseño kawai y el llamativo diseño de los envases, bien sean galletas…

MErcado

O máquinas expendedoras de peluches.

máquina

Estuve en varias librerías y un par de tiendas de craft, de las que me tuve que salir porque racionalmente veía que me podía quedar ahí dentro a vivir felizmente sin problema, pero cuando estás de luna de miel, pensar eso queda raro 😉 Iré colgando fotos de las miles que saqué entre Tokyo, Kyoto y Osaca.

…Y por supuesto, novedades editoriales, que desde octubre no han parado las novedades…nuevas labores en el costurero…Poco a poco. Mientras, muchísimas gracias a todos por leer este blog y por dejar comentarios, aunque suene extraño, he echado un poco de menos todo esto…:)

un abrazo!

Y lo haré por aquí:

porno-no

Prometo continuar con algo más festivo, pero chicos, la nobleza obliga.

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